Cuatro fragmentos de un poema de Josefina Aguilar (España, 1971)

By Versatiles_2018

Josefina Aguilar (Almería, 1971). Poeta y profesora de fotografía. Licenciada en Comunicación por la Universidad de Sevilla y nacida en Almería. Actualmente imparte clases en Instituto de Secundaria de la Junta de Andalucía en los ciclos formativos de grado superior de Imagen y Sonido. Ha publicado en las revistas de poesía News Poetry y Tinta China. Imparte a niños y jóvenes los talleres de escritura: Escribe Tu propio Mito  y Del SuperHéroe al Héroe. En julio de 2018 publicó en el sello editorial Ars Poetica su obra Agni Inga Gani y en 2016, con la Editorial Ultramarina, el poema Overbooking en el paraíso, del que hoy publicamos varios fragmentos.

 

El mar es un triángulo. Como este ascenso de derribos.

Estas olas son de mármol y tienen aristas de memoria. Vórtices de Bermudas. El océano se traga en un Índico mis sueños. En un Pacífico mi Deseo. En un Atlántico se traga al padre. Un padre bajo el mar trenza las redes de mi sombra. No eres bonita. A los peces les gusta reír en la atmósfera atlántica: un bufón en el océano para un Neptuno con tablas de la ley. La zarza está mojada. No hay lumbre en el agua. La arcilla es lodo. El plancton anfibio de mis escamas. Lo que escribas sobre arcilla estará oculto en azul. Mi primer mandamiento de las aguas es dividirlas. Imposible. Un barco pasa por encima de mi naufragio. Estoy en el escalón intermedio. Bebo un vaso de agua. Bebo otro vaso de agua. Alguien navega mi sed y no soy yo. No dejo de tragar mar. ¿A quién quiero ahogar? Nado en esta espiral de mármol con puerto. La puerta tiene amarres. No oscilo mi puño entre las velas. Los que están tras la puerta entran y salen. Son hormigas de sal que retornan cada cierto tiempo llamando a la puerta. Y entran. Llevan su pregunta acostada sobre las ojeras oscuras, acomodada al resplandor. Parecen morir en el oráculo. El pellejo de un alma lleva en las manos una lumbre que no tenían. Rumian al entrar. Recogen la voz del otro lado. Esa a la que no hago la pregunta. Hay olor de cipreses en la escalera. Oigo llover a Atenea y me protejo con perfume de olivo. De entre todos, un ciprés sostiene mi tiempo en una entrada que no va más allá. Hay un brujo quemando árboles allá adentro. Me llega el humo: lo que huye del fuego. Un hombre abofetea a los que amamantan estiércol. Habla el idioma raro de los cardos: en perfecto malva hace sangrar al aire. Entiendo sus cifras con números de infinito. No tengo respuesta. Esos vocablos desordenan mi complacida ausencia. Mi padre me ofrece un vaso de agua. Cree que estoy sudando. Padre, simplemente es la inversión del rocío. Que dejé entrar tarde a la matriz de la primera hora. Vuelvo a beber el vaso que me ofrece aunque ya no tengo sed. Es un tercer vaso con el que quizás divida las aguas. Elijo el Atlántico. Es un perfil demasiado profundo que no me es amable. Un ahogo del azul. Me parece que se hirió al extenderse. Alguien debió cruzarlo.

 

***

 

Un eclipse blanco. Delante del sol, mi saliva. Delante del ardido fruto de naranjas, el elástico flujo de todos mis posibles. Un eclipse blanco es cuando la nieve se queja. Cuando la nieve interrumpe la atmósfera del velo y el descenso. La nieve, un cosmocopo que pretende ser una luna a punto del deshielo; un iceberg entre la tierra y el helio de mi boca. Descansé los siete días. No agredí mi espacio para entrar en otro espacio. No me interpuse entre las esferas de tus astros. Armé una tormenta en el hielo y ocupé el zigzagueante abandono de la espera.

El sigilo de Bastet es prematuro al aire. No hay dientes en esa esfera. El líquido del pez mordió su vestimenta de perfiles. Bastet encuentra su nombre troceado en las líneas de mi mano. La saliva de un gato no aconseja las noches. Entra por la ventana y me avisa. Estás muerta. Allá adentro hay un cuerpo que existe mientras tú, del otro lado, sostienes movedizas tierras de sombra. Para hablar contigo muevo las agujas de mis heridas. Perdí una foto mientras quemaba mis gritos. La silueta de aquel pelo fue quedándose lenta como el escalofrío del número que pierde su consecuencia. Bastet encuentra el dintel del espejo. Se multiplica en culpas para que vea que allá adentro estoy viva. Que allá adentro estoy sentada en un jarrón con agua que es astrónomo de mis preguntas. La esfinge tiene el reflejo de alguna pléyade sobre su lomo de angustia. Paso mi mano, la tercera, por el cielo de su nuca y nunca me mira. Sólo avisa de mi nombre que está allá adentro.

 

***

 

Haces el ritual en que me expulsas. No quieres que los demonios de mi pobreza impregnen tus ascuas de ancestrales granizos y yo me dejo expulsar las membranas de desidia en esa noche. Me tumbo ante la cirugía de tu dios. La exclamación de tu delito: vas a sujetar el cielo sobre mi cuerpo. Un exorcismo de linternas provocando la bendición de mi espanto. No enciendes ninguna luz para que me aterrorice de lumbre. Con el diente de un corzo buscarás el esternón de esa mujer. Lo que me diferencia de un pez y me asemeja a las aspas de calcárea marina. Encontrarás mi hueso de sustancia cuando entres tus manos en mi sangre de noche. Has decidido impregnarte de mi oscuro firmamento y todo el peligro del cosmos está sobre el horizontal parpadeo de mis luces. Me obligas a culparme. Has tenido que salir de tu oráculo para entrar en mi esfinge. La noche en América se parece a este escalón de cuarenta peldaños. La Osa Mayor también provoca tropiezos. Sigues hablando la lengua extraña que entiendo. La lengua extraña que entienden mis huesos buscando tus manos entradas en mi noche. Extraes el hueso de mi paciencia. Lo convocas al estómago del cielo. Como si fuera tuyo, lo mides en tu estrecha semejanza de tendones. Aún tu cráneo rasurado y ya no te temo. Es luminosa el hacha de mi cuerpo. En el Ángulo de Louis dices un nombre. Un paladar de sílabas como vómito de estrellas. En América del norte mi piel es posible. Coses mi corteza con tu lengua de palabras. Guardián de los cerrojos, sellas un nuevo secreto conteniendo la desbordada noche que se acelera en mis límites.

 

***

 

Mis ojos agotados, perfilados de Cleopatra azul, cayéndoles el recto bisel de un tizón de crines. En Egipto los caballos son las mujeres del creciente fértil. Corceles con piel de luna cruzando un río de nenúfares. Antes de cruzar, de que tú escribieras sobre mi sombra que yo cerraría los ojos antes de decir tu nombre, pusiste mi hígado en la torre de Isis. Ella está envuelta en papiro y en la mano resbala la espiga de una queja con forma de espejo. Me pregunta: ¿Dónde has grabado su nombre? En su nombre.

Soy el borde de la vasija. La sometida línea que afronta esta noche. Amset guarda celoso mi hígado porque lo confunde con la ciudad de Menfis: la balanza de las dos tierras en equilibrio sobre la copa de un río. En las entrañas de esa cabeza humana, transcurriendo por ese oráculo de galerías y de cobras entre los residuos de aceras; el agua que depura el muro blanco; la fortificación del deseo en el primer templo del órgano. Menfis no protege ya mi sombra. La ciudad siempre está húmeda y con pigmentos de azufre, como la víscera de esta noche. Amarilla. De la bilis de aquel que prometió la expulsión de mis granadas.

Fuente: Ocultalit